Sábado por la mañana, una mañana templada que nos daba la sensación
de un día agradable. Esa mañana no nos habíamos levantado ni tarde ni temprano,
el horario justo para aprovechar el día. Nos dedicamos a ordenar la casa, a
lavarnos los dientes y la cara, para proceder a la preparación del desayuno
mientras planificábamos las actividades siguiente, si paseo, juegos o solo ocio
en casa.
Enciendo la radio para seguir en la misma sintonía de buen
clima de esa mañana y lo primero que escuchamos es que había saqueos por toda
la ciudad y alrededores. Con mi señora nos pusimos en guardia y de inmediato
miramos si estaban las puertas y ventanas aún cerradas. Afortunadamente ni las
nenas ni nosotros habíamos salido al patio. Nos dispusimos a revisar cada una
de las cerraduras y posibles medios de entrada a la casa. Revisamos la puerta
del fondo que estaba con llaves pero para mejorar la seguridad le pusimos unos
fierros que teníamos y que utilizábamos cuando nos íbamos de vacaciones que tenían
la función de trabar la puerta aún más en tres puntos de la misma en forma
horizontal, lo que lo hacía prácticamente inviolable. Revisamos las ventanas
aunque todas estaban con rejas amuralladas lo que nos daba cierta tranquilidad
ya que para sacarlas o abrirlas había que utilizar herramientas y mucho
trabajo. La última puerta era la que daba al frente, tenía dos cerrojos y una
traba simple. Nos aseguramos de que todo estuviera en orden.
Después de esta rápida y detallada revisión nos reunimos los
cuatro en el living que estaba cerca de la puerta de salida a esperar mientras
escuchábamos la radio en silencio. Tal como el silencio que precede a una
tormenta no se escuchaba nada fuera de la casa, parecía que hasta los pájaros
estuvieran expectantes y con cierto temor.
No acabábamos de reaccionar ante la noticia que por la
ventana que estaba a la izquierda de la habitación vimos una sombra pasar. La
seguimos con la mirada, dio la vuelta a la esquina de nuestra casa y pasó por
la ventana que da al frente de la casa. La sombra desapareció y hubo más
silencio, tuvimos la esperanza de que hubiera pasado de largo pero a los dos
minutos escuchamos ruidos en la puerta, estaban intentando abrirla.
El corazón casi se me paralizó, temí por mis chicas, intenté
reaccionar rápidamente pero no alcancé ni siquiera a llegar a la cocina con la
idea de buscar un cuchillo que la puerta del frente se abrió de par en par.
Parado justo en el marco de la puerta había un hombre, de contextura mediana
que nos miró uno por uno y nos dijo:
-
Buenos días, disculpen la molestia pero necesito
algunas cosas que les voy a robar.
Mi reacción fue la de atacarlo pero quedé estupefacto ante
la rapidez con que abrió la puerta ya que tuvo que abrir dos cerraduras y un
pestillo al que no tenía acceso (supuestamente) así que le dije:
-
Buenos días… - hice una pausa prolongada y le
pregunté sin vueltas - ¿cómo hizo para abrir tan rápido la puerta?
-
¡Ja! – rió el descarado – me dedico a esto,
venga que le muestro y le cuento.
Así que me hizo cerrar la puerta tal como estaba
originalmente y la volvió a abrir. Hasta vi como un alambre que parecía que
tuviera movimiento propio corría el pestillo.
-
Venga que le muestro como se hace.
Así nos pasamos como media hora entretenidos todos en una
clase de apertura de puertas. Cuando terminó me dijo:
-
No va a pretender hacer esto usted solo, esto
requiere mucha práctica y algunos otros secretos que no le conté, pero bueno,
basta de cháchara y a lo nuestro, después de todo vine a robarle.
-
Que se le va a hacer – respondí - ¿qué se quiere
llevar?
-
Cosas específicas, el televisor que está allí,
la computadora portátil no porque es un tema con las claves y el resto – estaba
pensando en voz alta – mmm… y las sillas esas que se ven muy bonitas.
Entonces tomó el televisor y lo llevó a un auto que tenía
estacionado a 20 metros de la entrada de nuestra casa. Como vi que necesitaba
ayuda le llevé dos sillas, mi señora llevó la otra y la restante la vino a
buscar él.
Intentamos meter juntos las sillas en el baúl del auto pero
era imposible, no entraban.
Entonces mi señora entró en escena y nos empezó a dar
indicaciones de cómo meter las sillas y milagrosamente (al menos para mí)
entraron perfectamente.
Nos dio las gracias, nos saludamos mutuamente, subió a su
auto y se fue.
Al final nos quedamos con una sensación de haber ayudado,
sensación bastante extraña pero reconfortante. No fue tan malo que nos hubieran
robado.
Volvimos a casa, cerramos la puerta nuevamente porque no
sabíamos si no aparecería algún otro ladrón un poco más violento y nos pusimos
a jugar al ludo para pasar el tiempo.